El extintor: Tres mujeres en verano

  

Un viaje con dos amigas, que culmina con una excitante velada frente a una fogata

Por: Patricia Monge | Fecha: 17/11/11 

 

Vanessa y Cristina cumplieron tres años juntas y les hablé para saludarlas. Me hicieron una oferta imposible de rechazar: “Pasar unas semanas tumbadas al sol en una casa de la costa de Andalucía”. Busqué un vuelo, preparé la maleta, ordené pendientes y tomé el avión hacia el paraíso de acento gitano, de pieles doradas y días de alegría.

  Desde el primer día de nuestra feliz vacación, fuimos a la playa a tumbarnos en la arena desnudas. Era un placer divino sentir los rayos del sol colarse por cada poro de la piel y sin dejar las fastidiosas marcas del bikini. No éramos las únicas en esta porción del mundo. Acostada sobre mi pareo, disfrutando del astro rey, escuché de repente: “mojito… mojito…”.

  Abrí mis ojos y al levantar la cabeza, me encontré con un guapo moreno, de músculos bien marcados, sonrisa amplia y torso desnudo frente a mí. Me ofreció un trago. “Claro”, le dije, y pedí otros dos para mis amigas. El moreno preparó las bebidas y continuó su camino; nosotras bebimos viendo el atardecer.

  Así, entre los intensos días de mar y sol, y las noches de luna y cante, el tiempo se fue volando. Poco a poco había que hacerse a la idea de la despedida. Para la última noche, Cristina propuso un plan especial. “Es luna llena, podemos hacer un fogata en la playa y comer salchichas asadas. Algo diferente”, dijo con una sonrisa. La idea nos entusiasmó y preparamos nuestra velada mágica. Cenamos y bebimos como reinas. La noche estaba espectacular. Vanessa musicalizó el momento con el último set de Ibiza Lounge & Chill Out 2011.

   

Gemimos las tres, compartiendo el mismo gozo, la desnudez de nuestros pechos y manos tocándonos, lamiendo los pezones de una y otra, abiertas, derramando sensualidad.

 En un momento decidimos quitarnos la ropa y tomar luz de estrellas, desnuditas. Las llamas del fuego subían y bajaban, abrasando y rodeando el tronco; quedamos hipnotizadas, acostadas alrededor de la hoguera. Las chicas se abrazaron, perdiéndose en un profundo beso. Estuve por levantarme y dejarlas solas un rato, pero Vanessa -que estaba mi lado-, me detuvo, extendiendo su mano hasta tocar la mía. Respondí al gesto. Cristina se acercó y Vanessa cruzó su pierna por encima de la mía, atrayéndome hacia sus caderas; yo la rodeé con mi brazo. Quedamos las tres muy juntas, pegaditas. Vanessa, con su natural sensualidad deslizó su dedo por mi cuello hasta llegar al abismo de mis pechos, mientras ondulaba sus caderas al compás que Cristina le marcaba. Un brazo, no supe de quién, se cruzó y me unió al movimiento pélvico. Entrelazamos nuestras piernas, nos trenzamos unas con otras. Nuestros sexos se acomodaron buscando rozarse, tocarse, unirse. El deseo crecía, a la vez que las tres disfrutábamos del goce de nuestros cuerpos. Besé a Vanessa, su boca me pareció la más dulce que jamás he besado; sus labios, carnosos pero delicados, se derretían en los míos. Puse mi mano en la cintura de Cristina para acariciarla, su piel era tersa y estaba tibia, mi excitación era como la lengua de un dragón devorándome por dentro.

   Arqueé mi espalda y abrí mi boca para recibir gustosa los pezones de Cristina. Los chupé delicadamente, unas manos danzaban el baile de la sensualidad en mi bajo vientre; suspiré extasiada. Cristina hundió sus dedos entre mis piernas y lentamente las abrió, tocando mi sexo. Vanessa, a mi costado, hundía mi rodilla en el centro de su pelvis, y se estremecía, voluptuosa, mientras con su mano colmaba los deseos de su chica. La lengua de Cristina dibujó mis labios, que se hincharon y buscaron recibirla en su interior. Ella se clavó en mi sexo. Excitada, Vanessa se frotaba mi pierna con más fuerza, contrayéndose en armonía con los espasmos que Cristina recibía y entregaba. Gemimos las tres, compartiendo el mismo gozo, la desnudez de nuestros pechos y manos tocándonos, lamiendo los pezones de una y otra, abiertas, derramando sensualidad. Cristina jugó con su lengua en mi clítoris, haciendo círculos hasta hacerme correr de placer en su boca; Vanessa se deleitó. Jadeante, sentí cómo contraía su sexo hasta escurrir su íntima humedad sobre mi pierna y acelerar el ritmo, satisfaciendo los deseos de Cristina, que gemía gozosa hasta vertirse.

  Las tres nos abrazamos y contemplamos las llamas, agotadas. El fuego iba perdiendo fuerza, pero seguía vivo. La luna nos sonrió, cómplice. Fue la primera noche que compartí con dos mujeres, y una de las mejores de mi vida.

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Publicado el 17 noviembre, 2011 en Enfoque Femenino. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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