Homo Sapiens

Homo Sapiens: Un polígamo fracasado

En su juventud los hombres sueñan con una mujer diferente cada día. Pero, con el tiempo, esta fantasía se va transformando.

     Nuestro problema comienza en la adolescencia, donde se nos vende la fantasía de que la vida puede ser una bella comuna en la que todos y todas tenemos grandes dosis de amor para repartir. Muy pronto te das cuenta que esa lección la aprendemos nosotros, pero que a ellas no les importa, ni les hace ningún sentido.

     Retrocedo a mi propia adolescencia: pasaba horas encerrado en mi cuarto buscando todas las premisas filosóficas posibles para poder argumentar, con pertinaz convicción, que la vida era una verdadera tómbola donde todos teníamos derecho a varios boletos y, bajo la enseñanza de la entonces muy cercana generación hippie, la consigna de hacer el amor y no la guerra era un llamado a la acción.

Ninguna consecuencia negativa podía tener un esquema en el que las travesuras sexuales suponían un acto de generosidad colectiva. Era un mundo feliz sin ánimos de posesión ni celos que dañaran las estructuras del gozo comunitario.

     Al salir de mi recámara, lejos de resultar convincente, me gané la fama de embustero crónico, capaz de inventar historias sofisticadísimas para llevarme a alguna amiga a la cama. Sobra decir que fracasé rotundamente: pasé una adolescencia en compañía de tanta reflexión que, si me propusiera narrar algunos pasajes, provocaría un número nutrido de bostezos en quien se atreva a leerlos. Resumo en lo fundamental: el ejercicio de la anhelada poligamia no tuvo mayor consecuencia que las ovejas que recurrentemente conté para doblegar a los insomnios.

“En mis 20 seguía siendo monógamo, pero no por voluntad propia, sino simplemente porque mis intenciones resultaron patéticas para todas las mujeres que quise enredar.”

     “Lo que llamamos criterio (no vemos lo que observamos sino que miramos nuestras tambaleantes conclusiones) en realidad es una bomba de humo”, ha escrito Arnon Grunberg, autor holandés, en una  pequeña joya titulada Monógamo.

     Como le sucedió a Marek, el personaje de la novela de Grunberg, un momento crucial de mi vida fue cuando vi la película L’homme qui aimait les femmes, de François Truffaut. La cinta empieza y termina con el entierro de Bertrand Morane. Y cuando a los 19 años atestiguas un sepelio al que sólo van mujeres, no puedes más que validar esas teorías que llevas años desarrollando en la soledad de tu habitación. Carajo. Pues es que ese condenado Morane, con su adagio de que después de las 6 de la tarde uno tendría que estar siempre en compañía de una mujer hermosa, debería haber sido reconocido como un filósofo de los grandes.

     En mis 20 seguía siendo monógamo, pero no por voluntad propia, sino porque mis intenciones resultaron patéticas para todas las mujeres a las que quise enredar. Mis disquisiciones filosóficas no eran más que un monólogo vulgar. Las pocas veces que tuve fortuna no fue por decisión mía: fueron ellas quienes me cazaron.

     Así, el tejedor de escenarios de comunidades orgiásticas se volvió, en realidad, coleccionista de sellos postales para huir de la soledad, un poeta de clóset que, con la autoestima por los suelos, guardaba bajo llave cada verso que escribía. Después, gracias a Stendhal y su Don Juan entendí que mi fracaso era compartido por quienes sí llevaban a cabo mi sueño: “Vemos cómo (don Juan) es atormentado por el veneno que lo consume, cómo hace malabarismos y busca continuamente algo nuevo. Pero, por mucho que engañen las apariencias, no hace más que cambiar una tristeza por otra.”

     Me preguntaba qué sería mejor, si cambiar una tristeza por otra o quedarse con la propia, pero fue Big Fish, del director Tim Burton, el filme que removió las imágenes de Truffaut de mi cabeza. Sí, porque cuando muere ese viejo entrañable, embustero incurable autopostulado como el “gran pez” (“el rey del mambo”, acá en nuestra geografía), no sólo acuden mujeres a su entierro, sino hombres y seres fantásticos. Con ese sepelio abandoné el sueño de la poligamia.

Ilustración: Carlos Villajuárez


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